Noches de boda

Vivir el momento es una forma de morir
y mi vaso gotea, yo escupo…
Mientras cada gota cae,
la brisa alcanza la perfección de la nada.
Sonrío porque sonríes
y porque formas la segunda,
la tercera
y todas las personas y los números
que completan el conjunto de mi vana felicida.
Y mi vaso espera, yo goteo.

Y yo espero algo,
y mi compaña es un vaso,
y mi fin escupe,
y goteo…

 

 

P.D: Que no se ponga la luna de miel.

Social

Dejó caer sus ojos como si persiguieran un pecio que se hunde lastrado por el denso cansancio de los matices. Cuando sus iris tocaron fondo y el mundo se resquebrajó en afiladas olas, nada quedaba de cierto en aquella pertinaz cortesía en cadena tan predecible e interesada.

Témperas sobre carne viva,
escultura de palabras.

Calló del verbo caer por no hablar del verbo roto. Las antenas de las azoteas se clavaron con saña en las carnes del cielo, que abría la boca sin emitir más sonido que un gorgoteo entrecortado. Era como si al grito del anochecer le hubieran retirado quirúrgicamente el aire, el escándalo y la prisa, pero no el alma.

Leche con nervaduras de sangre,
tapiz diluido.

Planificado y exotérmico.
Prestado.
Temporal.
Reciclable.
Teórico, lógico, entrenado e intercambiable.

Humano, claro, pero por pura rentabilidad, porque es así como se maximiza la parte más seria y cuantificable de nuestros deseos.

Herido. Insignificante.

 

 

P.D: Uy, qué triste.

Poco hecho

Entregado por deber.
Vivo, despierto,
entálpico e indolente,
pero entregado
a la estabilidad horizontal
y vívida
de la deriva.
Más húmedo que humano,
más Arquímedes que Venturi,
más pecio que otra cosa.
Entregado por azar
al placebo insultante
de latir por no molestar
y asentir por pura costumbre,
pero entregado
al fin, que me anima,
y al cabo, que me sujeta.
Entregado por pasión
como unas raíces,
no las mías,
unas cualquiera,
de esas que se entregan
al mineral como amante,
pero entregado,
qué remedio,
a la crudeza del aire.
Más perdido que persona,
más Molina que Steve Harris,
más profundo que la tierra.

P.D: Lo he subido por cumplir, no por otra cosa.

Día-crítico

A ratos, sólo a ratos,
me invento los recuerdos
que se acurrucan
al calor de tu terciopelo.
Juego con ellos, sólo juego,
transformando sus dimensiones,
les atribuyo un guión y un diálogo
que no les corresponden.
Por diversión, sólo diversión,
como ver una película
basada en no-hechos
potencialmente reales.
Imagino, sólo imagino,
un grito
gutural y primario,
sólo sonido,
sin mensaje,
sin fondo,
sin intención.
Y sin tilde. Solo, sin tilde.

 

P.D: Ejercicios.

Reacción poco sentida ante el sentimiento común

Señor, tan ajeno…
dueño de crujidos cálcicos
y líquidos lamentos.
Dueño entre dueños
y señor entre hermanos.
Mismo problema,
parte de lo mismo,
señor entre dolores
y hermano entre charcos.

Mi camisa,
nuestra en realidad,
está huérfana
de olores cálidos como tus bostezos.
Se mancha
de su propio relleno
y tirita de rabia
porque es parte
del señor y el dueño,
del charco, el lamento,
el hermano, el problema
y el dolor.
Tan común y tan ajeno.

 

P.D: Y sin filtro tricolor ni na.

Segunda parte (no tiene primera)

Te dejo que tengas
tantas mitades
como te valga la pena,
tantas como te deje
la propiedad asociativa.
Ten partes por contras
y pon muros con tajos,
con ventanas estrelladas y altivas,
entre mis santos
y tu provincia.
Huye, si gustas de huir,
derecho al infinito…
que nos vemos por allí
tan tarde, tan lejos,
tan euclidianos,
tan alícuotas,
tan y tan acostumbrados.
Deja a Casanova,
despechado
y muerto por lapidación,
que yo me encargo
de romper con el cuatro
por cuatro
o por un millón.
Al final
nos cuido
tanto como nos cuidas,
cálido y sincero
como un abrazo en Viladomat.

P.D: Y lo que nos queda.

Se busca carpintero

[TEXTO RESCATADO DEL ARCHIVO HISTÓRICO DE MIS POLLADAS]

Y fue entonces cuando se subió a la tarima. No tenía perro (porque a su madre le da miedo) ni flauta (porque desde el colegio no la tocaba y nunca pasó del himno de Andalucía). Iba razonablemente bien vestido, siempre que entendamos como bien y como razonable que no estaba pasando frío y que mantenía a cubierto la mayoría de su anatomía. Sus ojos estaban cansados y sus hombros apuntaban hacia adelante. Estaba guahnío. Se acercó al micrófono, carraspeó sonoramente y comenzó a hablar:

-Ciudadanos todos y compañeros de esta fatiguita mala que es el vivir, oficialmente nos hemos levantado. Ya era hora, compadres, que se nos venía haciendo tarde. De tanto tirar de la cuerda el pueblo por un lado y las administraciones junto con los bancos y las empresas por el otro, al final le hemos dado la razón a Llach y la estaca se ha pegado un jardazo. Hoy no es el segundo “Cerco al Congreso” porque no estamos aquí para eso, no hemos montado esta tarima para rodear nada y no necesitamos intimidar a nadie. La estaca se ha caído ya y no tiene sentido seguir alabándola. “Antisistema”, decían. Nos lanzaban palabras a la cara como si fueran despojos. De hecho, como si nosotros fuéramos los únicos despojos capaces de vestir dichas palabras. “Radicales, antisistema, antidemócratas”. Bien, pues el sistema ha colapsado y una ola de la más radical vida se ha colado por la puerta y pretende comenzar una guerra abierta contra el poder (y siento mucho si esto suena a Rocío Jurado). Cayó el Antiguo Régimen y en una tarima nació su hijo retrasado, el Nuevo Régimen. Sobre una tarima que sirvió de paritorio y apoyado por la alienación de una clase que respiraba el humo de las fábricas, bajo las banderas de unas promesas idealistas que nos persiguen, incumplidas y vacías. Ya va siendo hora de que cerquemos el camino de la muerte y la entropía, de que un nuevo orden llegue. Sobre esta tarima no hay una guillotina, no debemos rendirnos al conformismo que nos lleve a cometer los mismos errores. Necesitamos un nuevo símbolo de poder. Así pues, que suba el primero.

Y el primero estaba cagado. Subió al escenario con la barba empapada en sudor y los ojos desorbitados. Tropezó varias veces antes de llegar al centro del improvisado plató donde lo esperaba el orador. Presto, alguien se acercó al reo y le colocó un micrófono de solapa y una petaca para que todos pudieran oír claramente sus palabras. Alguien lo maquilló apresuradamente (incluido un ridículo brochazo de carmín en los labios), se hicieron las pruebas de sonido pertinentes, se le acercó una mesita con un vaso y una jarrita de agua, la iluminación se centró en él y el orador tomó la palabra de nuevo para dar comienzo al diálogo:

-Señor Presidente.
-Bu… bue… buenash nochesh.
-Si no le importa nos saltaremos ciertas formalidades porque, estará usted de acuerdo, los actos protocolarios no son televisivos y ésta es la única parte de la Revolución que será televisada.
-Co… como gushte ushted.
-Bien, pues, a ver que mire -el maestro de ceremonias buscaba entre sus papeles pasando una hoja y otra apresuradamente-, esto no, esto tampoco… ¡Ah, ya está! Aquí está la parte que más nos interesa a todos.
-…
-Sus últimas palabras, por favor.
-¿Cómo que mish últimash palabrash? Verá…

Y esas fueron. El orador interrumpió el discurso del Presidente de manera abrupta. Concretamente lo interrumpió propinándole un tremendo golpe, que venía tomando carrerilla, con un teclado de ordenador. El golpe retumbó tanto que incluso las cornisas de los edificios aledaños al Congreso se vaciaron rápidamente de palomas. Una especia de emoción inundó los estómagos de todos los presentes (menos del agredido, cabe suponer). El Presidente cayó al suelo y las masas gritaron de júbilo. Es irónico que al dirigente se le quedaran incrustadas en la cara las teclas Alt y F4. Lo que le sobrevino a continuación fue un aluvión de golpes con el canto más pequeño del teclado centrados principalmente en su cara. Literalmente estaban machacando su rostro y terminando así con su vida.
El orador se volvió a la feliz masa y, mientras el resto de los voluntarios limpiaban el desaguisado, dijo jadeante:

-Hala, el segundo.

Y el segundo estaba más cagado todavía. Comenzó el juicio rápido:

-¡Anda, coño, pero si traes puestos unos botines! Jodío, mira que tienes arte…
-Sois todos unos…
-Bueno, bueno, ya será pa menos. Ande, diga sus últimas palabras. ¡Pero en inglés!
-Güel… Ai cinc…

Y también lo interrumpieron. Y al tercero le paso igual. Y al cuarto y al quinto. Y al sexto más de lo propio. El desfile de escoria humana cesó cuando el último de los corruptos fue encontrado en su casa sin vida. Estaba balanceándose desnudo en su garaje, con los pies a metro y medio del suelo y ahorcado con el cable de su ratón.

P.D: El texto lo escribí a mediados de 2012 y en estos tres años se ha hecho más y más necesario.